La Crónica de los Tiempos

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La Crónica de los Tiempos es un libro que se encuentra en el Templo de los Cinco Albores, en la Isla Errante. Contiene la historia de los artefactos de los monjes.

Contenido[editar | editar código]

Introducción[editar | editar código]

LA CRÓNICA DE LOS TIEMPOS

Pandaren Crest.png

-Según lo documentado por los cronistas del Templo Quebrado-

Fu Zan, el Compañero del Errrante[editar | editar código]

Artículo principal:  [Fu Zan, el Compañero del Errante]

FU ZAN, EL COMPAÑERO DEL ERRANTE

Tal vez hayas oído contar que, hace tiempo, un hozen portó este bastón legendario. Eso nos preocupaba. Mucho. Lo examinamos a consciencia y te alegrará saber que este artefacto no sufrió ningún daño (que no podamos reparar).

Resulta que no estábamos siendo justos con el Rey Mono. No es la criatura más reverente de Azeroth, pero tiene un gran respeto por esta arma. Incluso nos ayudó a entender su verdadero poder. Desde luego, Fu Zan ha hecho un viaje de lo más peculiar.

PRIMERA PARTE

Hace mucho tiempo, la guardiana Freya esculpió un plano de existencia etéreo, el Sueño Esmeralda, que debía servir de guía para la vida natural de Azeroth. Creó y plantó un árbol cerca de la poderosa energía del Valle de la Flor Eterna.

Este creció fuerte y alto, embebiéndose del poder resonante del valle. A su alrededor crecieron más árboles. Bosques frondosos, tanto en el Sueño como en el mundo de la vigilia, cobraron vida por toda la región. La guardiana Freya llamó al árbol Fu Zan y, con una de sus ramas, hizo un bastón para sus largos viajes.

Desde los albores de los tiempos, este bastón ha sido compañía de criaturas legendarias y espíritus inmortales en sus importantes y duraderos quehaceres por todo Azeroth.

También cayó en manos del Rey Mono. Eso vino después.

SEGUNDA PARTE

En los primeros tiempos de la recuperación de Azeroth, la vida natural floreció con fuerza en los enclaves donde la guardiana Freya realizaba su trabajo más intensivo. Unos pocos animales salvajes excepcionales crecieron mucho más allá de lo esperado y exhibieron tal poder que pronto se los conocería como los dioses salvajes.

Cada uno de estos seres tenía una personalidad distinta, pero Freya observó que había cuatro en concreto que compartían un profundo compromiso con la paz y la sabiduría. Esos cuatro -un dragón, un buey, una grulla y un tigre- se habían reunido cerca del Valle de la Flor Eterna. Freya sabía que su compasión haría bien a la región. En efecto, los habitantes de Pandaria acabarían por llamarlos los Augustos Celestiales.

Un día, Freya acudió a los Celestiales con inquietud en su corazón. Había una gran oscuridad al norte, les dijo, y creía que se aproximaba una confrontación. Les dio su bastón para que lo custodiaran. "Si no vuelvo a veros, devolved este bastón a Azeroth, a uno de sus hijos", dijo. "Dádselo a alguien que deteste la batalla y ame la paz".

Freya no volvió jamás. Yu'lon, el Dragón de Jade, prometió mantener el bastón a salvo. Y eso fue lo que hizo durante miles de años, incluso durante el reinado oscuro del imperio mogu.

TERCERA PARTE

Al sur, cerca del Valle de la Flor Eterna, surgieron muchas criaturas nuevas que formaron tribus, aldeas e, incluso, imperios. Estaban los jinyu, los pandaren, los hozen y otros.

Yu'lon creía que, si Fu Zan debía entregarse a uno de estos seres, sería a un jinyu o un pandaren. Sin duda los hozen eran demasiado violentos por naturaleza como para confiárseles tal regalo. Solían ser egoístas y cortos de miras, incapaces de colaborar el tiempo necesario para desarrollar por su cuenta una civilización como es debido.

Pero, a medida que transcurrió el tiempo, Yu'lon se cuestionaba sus suposiciones. Había diferentes formas de sabiduría y valor, ¿no? Era fácil ver a los hozen, efímeros y de mal genio, como pendencieros, pero vivían unas vidas plenas -vidas salvajes- durante el tiempo del que disponían.

Yu'lon sintió que Fu Zan comenzaba a despertar. Necesitaba un nuevo compañero. El Dragón de Jade sabía que pronto cedería a los deseos de Freya y permitiría que un mortal digno portara a Fu Zan. Y cada vez tenía más claro que había que dárselo a un hozen.

CUARTA PARTE

"Dáselo a alguien que deteste la batalla y ame la paz".

Las palabras de Freya cobraron sentido en cuanto Yu'lon se fijó en un hozen excepcional. Se llamaba a sí mismo el Rey Mono.

Mucho tiempo atrás, solo unos cuantos años antes de la Guerra de los Ancestros, se había convertido en el líder de un pueblo ingobernable. Había ascendido al poder sin verter una sola gota de sangre. Era querido por todas las tribus hozen.

¿Cómo lo había conseguido? Al fin y al cabo, los hozen estaban siempre peleando. Constantemente. Por las razones más tontas. Cualquier desacuerdo comportaba violencia física.

El Rey Mono lo sabía, así que les dijo a las tribus hozen: "Soy el Rey Mono. Vuestra tribu me apoya con todo su corazón". Eso era todo. Cuando un solo hozen le cuestionaba, él le decía que el líder de su tribu ya había accedido a ello. Ningún hozen quería desafiar a su líder así como así -y meterse en una pelea-, así que decían: "Tú eres el Rey Mono".

Cuando los líderes de las tribus supieron su nombre, todos sus súbditos lo llamaban ya el Rey Mono. Estaban perplejos, pero no querían enfrentarse a su gente, así que ellos tampoco le llevaron la contraria. La osada afirmación del Rey Mono, su mentira, acabó siendo verdad porque nadie se atrevía a ponerla en entredicho.

Pronto cesaron las luchas tribales. El Rey Mono juzgaba todas las disputas. Los hozen obedecían.

El Dragón de Jade entendía la motivación del Rey Mono. Era sencillo: le disgustaba ver sangre. En esencia, era una criatura que aborrecía la lucha y amaba la paz. A partir de ahí, había logrado lo que ningún otro hozen antes.

QUINTA PARTE

Yu'lon necesitaba saber hasta qué punto era listo el Rey Mono. Lo visitó disfrazado. Lo único que veía el Rey Mono era otro hozen... pero este no lo llamaba rey ni se inclinaba ante él. Le exigió que le mostrara respeto.

En vez de eso, el recién llegado le puso un acertijo y le dijo que a un rey de verdad no le costaría responderlo. Soltó la respuesta correcta en cuestión de segundos. Yu'lon le puso otro. Volvió a responder. Así estuvieron durante tres días y tres noches. El Rey Mono se iba enfureciendo pero, aun enfadado, seguía respondiendo a sus preguntas.

Yu'lon estaba convencido. La violencia y la tiranía no estaban en la forma de ser del Rey Mono, o ya hacía mucho que habría tratado de hacerlo callar por la fuerza. Yu'lon reveló su forma auténtica -lo cual causó un caos considerable en aquella aldea hozen- y le hizo entrega de Fu Zan.

El Dragón de Jade le contó la historia de Freya y el origen del bastón. Luego le advirtió: sentía que, algún día, su astucia no bastaría para detener el mal. Cuando aquel día llegara, tendría que actuar con decisión.

El Rey Mono no le creyó. Pero el bastón le parecía muy, muy bonito, eso sí.

SEXTA PARTE

Con Fu Zan en su poder, la autoridad del Rey Mono sobre los hozen se volvió absoluta. Podía doblarse como un junco al viento y esquivar cualquier golpe de un aspirante al trono. El bastón era ligero como una pluma y, sin embargo, quien intentaba robarlo se encontraba con que no podía levantarlo ni un centímetro. Era suyo, nadie más podía empuñarlo.

Pero Fu Zan presentaba un grave problema. Para parecer majestuoso mientras lo llevaba, el Rey Mono necesitaba usar ambas manos. Eso significaba que no le quedaba ninguna libre para su posesión más preciada, un pequeño barril que siempre tenía lleno de cerveza.

Pero aquello era fácil de solucionar. El Rey Mono añadió dos aros de metal en el extremo de Fu Zan y colgó de ellos el barril. Por suerte, el bastón no sufrió daños irreversibles.

SÉPTIMA PARTE

El Rey Mono se hizo amigo rápidamente de un joven príncipe pandaren, Shaohao. El día de la coronación de Shaohao, el nuevo emperador se enteró de que toda la tierra corría el peligro de ser destruida por la primera invasión de Azeroth por parte de la Legión Ardiente.

El Rey Mono creía que la profecía de Yu'lon se había cumplido: era el día en que tendría que plantar cara al mal directamente. Declaró que se quedaría junto a Shaohao hasta el final.

Pero el destino tenía otros planes. Un gran viento adverso rugió desde el este y se llevó al Rey Mono muy lejos.

El Rey Mono se vio arrastrado por el viento a las tierras de los mántides. Allí no le servía de nada toda su inteligencia. Estaba indefenso, a punto de morir en sus manos, cuando Shaohao lo rescató. El Rey Mono estaba enfurecido, pero los mántides no eran el enemigo. Shaohao le recordó que la auténtica amenaza era la Legión Ardiente.

Al final, no fue la violencia lo que salvó a los pueblos de Pandaria. Shaohao liberó su espíritu sobre la tierra, envolviéndola en una niebla y protegiéndola de la destrucción del Cataclismo.

OCTAVA PARTE

El Rey Mono volvió a casa y arrojó Fu Zan a un río en un arrebato de ira. Su amigo había desaparecido y, por lo que parecía, el Rey Mono no había cumplido la profecía de Yu'lon.

Más tarde fue al río a recuperar el bastón, pero solo porque aquellas aguas eran sagradas para una tribu jinyu y ellos no podían sacarlo, pues pesaba demasiado. Seguía perteneciendo al Rey Mono.

Tras el Cataclismo, Pandaria quedó aislada del resto del mundo. El emperador ya no estaba. Nunca habría otro.

Algunos creían que todas las demás tierras habían sido destruidas. Otros querían explorar el mundo más allá de las brumas. Y unos pocos querían quedarse Pandaria para sí. Por la fuerza.

No se ha escrito mucho sobre este breve aumento súbito de aspirantes a tirano. Fueron muy pocos los habitantes de Pandaria que resultaron dañados por alguno de ellos. Ya fueran señores de la guerra mogu, tribus hozen de la periferia o incluso brutales asaltantes yaungol, ninguno de ellos llegó a lanzar una verdadera campaña de conquista. Antes de que pudieran, se les acercaba siempre un misterioso hozen que parloteaba sin parar acerca de un alijo secreto de artefactos que le habían otorgado un poder incalculable. Podía hacer milagros: ningún arma podía tocarlo, por más combatientes que intentaran atacarlo.

Era muy convincente. Esos seres ambiciosos y codiciosos seguían con empeño las instrucciones del Rey Mono. A veces se tiraban por un precipicio. Otras veces acababan emboscados por el Shadopan. En cualquier caso, su historia siempre tenía un final rápido, y el Rey Mono se largaba con Fu Zan apoyado tranquilamente en sus hombros.

NOVENA PARTE

El Rey Mono nunca se había divertido tanto. Convertir a seres malvados en torpes pardillos se convirtió en su pasatiempo favorito durante años. Lo consideraba su forma de honrar a su viejo amigo Shaohao, que ahora vigilaba la tierra pero ya no podía proteger directamente a la gente de Pandaria.

Pero, tal como le había dicho Yu'lon, un día su astucia no bastaría para derrotar al mal.

Un déspota mogu conocido como el señor de la guerra de jade había seguido las indicaciones del Rey Mono y se había adentrado en una tumba bajo Kun-Lai. Pero en vez de no encontrar nada -tal como el hozen había esperado-, el señor de la guerra de jade halló un antiguo alijo de conocimientos escritos por el Rey del Trueno, Lei Shen. En manos del señor de la guerra, le conferiría un poder terrible.

El Rey Mono sabía que había cometido un error... y, cuando el suelo comenzó a temblar, supo que no había tiempo para que nadie más detuviera al mogu. Cogió a Fu Zan y entró en la tumba para encargarse del problema directamente.

DÉCIMA PARTE

El Rey Mono detestaba la violencia. La aborrecía. Pero también sabía que era el único que podía oponerse al señor de la guerra de jade antes de que fuera demasiado tarde.

Se batieron en duelo durante horas bajo Kun-Lai. Durante años, Fu Zan había servido al Rey Mono como ayuda en sus travesuras; aquello fue una práctica excelente para esquivar la poderosa y mortífera magia que el mogu no tardó en desatar.

El Rey Mono no creía que fuera a salir vivo de la tumba. De hecho, no lo hizo. Pero no murió. El señor de la guerra de jade no dominaba su nuevo poder y un hechizo errado hizo lo que ninguno de los dos esperaba: los paralizó a ambos en jade. Allí permanecieron, enzarzados en combate, durante casi diez mil años, sin perder nunca la capacidad de comunicarse.

Aquel debió de ser un destino peor que la muerte para el mogu.

UNDÉCIMA PARTE

Una vez liberado, el Rey Mono viajó a la Isla Intemporal y presenció cómo los Augustos Celestiales instruían a los campeones de Azeroth sobre su fuerza, robustez, valor y sabiduría. Transcurrido algún tiempo, el Rey Mono sintió que sus viajes con Fu Zan se acercaban a su fin. Así pues, viajó al templo de Yu'lon y le dejó el bastón de nuevo a su cargo para que algún día se lo pudiera volver a entregar a alguien digno de llevarlo.

Incluso se mostró feliz por que pronto volverían a llevarlo a la batalla.

Sheilun, Bastón de la Niebla[editar | editar código]

Artículo principal:  [Sheilun, Bastón de la Niebla]

SHEILUN, BASTÓN DE LA NIEBLA

¿Has oído hablar de Shaohao? ¿De Kang, el Puño del Primer Alba? ¿De Xuen, el Tigre Blanco? ¿Sabes de los terribles padecimientos que el pueblo pandaren tuvo que superar hace miles de años?

Sheilun es la prueba viviente de que el conflicto se puede resistir, de que la tiranía se puede derrocar, de que el desastre se puede evitar... y de que un corazón bondadoso puede hacer que todo sea posible. Sheilun te será de gran ayuda en las tribulaciones que han de venir. Llévalo con orgullo y úsalo para traer vivos a casa a tus camaradas.

PRIMERA PARTE

"Resulta raro decir que Sheilun es poderoso, ¿no? No se podría usar para aplanar una montaña de un solo golpe, ni para quemar vivos a mil enemigos con solo pensarlo. Quizás a otros eso les resultaría decepcionante. Pero tú eres monje. Sabes que el poder adopta muchas formas. Otros desean el poder de una cascada que rompe con fuerza sobre las rocas. Tú buscas la fuerza serena e inevitable de un río profundo, que labra cañones en la piedra más dura y se lleva a los guerreros en sus corrientes sin apenas perturbación. Sheilun es la materialización de esa idea".

- Maestro Xunsu, tejedor de niebla de la Veranda de la Primavera Eterna.

Este bastón ha visto muchas batallas en Pandaria. Allí fue donde un esclavo hizo caer un imperio de maestros de esclavos. Allí fue donde un emperador salvó a todo un continente de la muerte.

Sheilun contiene el legado de tiempos pretéritos y espíritus antiguos. En manos de quienes ayudan a los demás, este bastón es ciertamente muy poderoso.

SEGUNDA PARTE

Mucho antes del Cataclismo, mucho antes de que el extremo sur de Azeroth se conociera como Pandaria, hubo una explosión de vida en un valle en concreto. Cuatro espíritus animales se sintieron atraídos a ese lugar, el Valle de la Flor Eterna, y se sobrecogieron por su potencial... y su poder. En aquella época, fuerzas oscuras tenían puestos los ojos en los secretos del valle. Un guardián de los titanes y sus ejércitos de mogu protegían la tierra contra mántides y otras amenazas externas, pero nadie orientaba sobre lo que crecía dentro.

Estos cuatro espíritus decidieron establecer su hogar en aquel lugar. Era Xuen, el Tigre Blanco; Yu'lon, el Dragón de Jade; Chi-Ji, la Grulla Roja; y Niuzao, el Buey Negro. Se los conocería como los Augustos Celestiales.

Bajo su cuidado, muchas formas de vida diferentes emergieron cerca del Valle de la Flor Eterna. Entre ellas estaban los sabios jinyu, los traviesos hozen y los pacíficos pandaren. Todos adoraban a los Augustos Celestiales y, a cambio, los espíritus les ofrecían conocimientos y orientación. Durante un tiempo hubo paz.

TERCERA PARTE

La paz del valle no duró. El terror del Rey del Trueno lo hizo todo pedazos.

Un señor de la guerra mogu llamado Lei Shen se rebeló contra su maestro, el guardián Ra Den, se hizo con su poder y se autoproclamó emperador de todos los mogu... y de todos los que vivían en sus dominios. Esclavizó a los que se rindieron y mató a los que no. Primero conquistó el pequeño y joven imperio jinyu y a sus rivales hozen. Los pandaren huyeron al severo clima de la Cima Kun-Lai, buscando la protección de Xuen, el Tigre Blanco.

Xuen les ofreció santuario durante un tiempo. Pero Lei Shen no tardó en traer un ejército a las estribaciones de Kun-Lai. En vez de lanzar un ataque, propuso un desafío: Xuen saldría a batirse en duelo con el Rey del Trueno. La victoria supondría que los pandaren vivirían libres. La derrota supondría la esclavitud para todos ellos. Negarse supondría una ejecución sumaria.

Xuen aceptó el desafío. El duelo entre el celestial de la fuerza y el Rey del Trueno hizo temblar los cielos durante días. Al final, Xuen cayó. Lei Shen no hizo que lo mataran; en vez de eso, lo llevó al pico más alto, el Monte Nieverest, y lo dejó allí atado, obligado a ver cómo empezaba una nueva era de esclavitud para los pandaren que duraría miles de años.

Pero, aunque Xuen era prisionero, no se quedó ocioso. Aquí es donde empieza de verdad la historia de este bastón.

CUARTA PARTE

Durante milenios, Xuen estuvo solo, condenado a contemplar con impotencia la imperdonable crueldad con que el imperio mogu castigaba a sus esclavos. Pero entonces vio arraigar la simiente de la revolución.

Comenzó con un único pandaren, Kang, que pensaba que depender del trabajo de los esclavos era un signo de debilidad para los mogu. Aprendió a luchar sin armas, usando la fuerza de sus rivales en su contra, e instruyó en ese arte a muchos de los suyos. Pronto, sus seguidores y él huyeron a Kun-Lai, donde perfeccionaron sus habilidades y filosofías en secreto. Un día, Kang escaló hasta la cima del Monte Nieverest para meditar y, en vez de eso, encontró a Xuen.

El aislamiento del Tigre Blanco no lo había enfurecido ni le había agriado el carácter, sino que le había despertado ganas de ayudar. Orientó a Kang y al resto de monjes novicios en los caminos de la fuerza; no solo la fuerza pura y dura, sino la fuerza de la resistencia. "Observa las escasas formas de vida de estas altitudes y reconocerás la fuerza", le dijo Xuen.

Kang vio tan solo unos pocos árboles dispersos y aislados que crecían en las crestas de Kun-Lai. Eran retorcidos y nudosos, algo que pronto entendió como una necesidad. Habían tenido que sobrevivir a vientos feroces y terribles granizos. Sus troncos tenían que ser resistentes y fuertes, con raíces muy profundas.

Esos árboles formaron los muros del monasterio de los monjes y les proporcionaron madera para fabricar sus primeras armas; no espadas, como tenían sus enemigos, sino bastones. Kang llevó el suyo a Xuen, que lo bendijo. Kang lo bautizó con el nombre de Sheilun, como su hijo, muerto a causa de la crueldad de los mogu años atrás.

Kang llevó consigo a Sheilun durante años, a lo largo de toda la revolución pandaren. Pero el bastón no fue la clave de la victoria. Las palabras de Kang fueron las que incitaron a los esclavos de los mogu y su voluntad la que los impulsó a seguir adelante cuando todo parecía perdido. Algunos días, Sheilun era un mero bastón para caminar. Otros días, en cambio, era lo único que impedía que las espadas y las hachas de los mogu le arrancasen el corazón del pecho.

Sheilun estaba allí el día que Kang murió, dando su vida por derrocar al último emperador mogu. Con su sacrificio, el antiguo esclavo liberó a toda Pandaria.

QUINTA PARTE

Sheilun volvió al monasterio de las montañas, donde quedó como un símbolo silencioso de lo que podía conseguirse con la fuerza de la armonía interna. El propio monasterio, en cambio, no gozaba de ningún silencio. Nunca había sido tal hervidero de actividad.

Xuen alertó a los monjes de que, aunque fueran libres, habían heredado la responsabilidad de proteger Pandaria de las perversas mentes que anhelaban conquistarla. Cada cien años, los mántides, unas peligrosas criaturas insectoides, infestaban el reino. Lo único que se interponía en su camino eran las valientes almas dispuestas a luchar en lo alto del Espinazo del Dragón, un gran muro que protegía Pandaria del caos devastador de dichas criaturas.

Los monjes que quedaban en Kun-Lai se dedicaban a prepararse para la amenaza. Y, cada cien años, los monjes pandaren formaban en lo alto del Espinazo del Dragón para plantar cara a abrumadoras oleadas de mántides y se jugaban el pellejo para proteger sus tierras. Xuen siempre permitía a un tejedor de niebla blandir a Sheilun en esta batalla centenaria.

Es imposible determinar cuántas vidas salvaron quienes empuñaron el bastón. Es imposible determinar cuántos de sus portadores murieron al servicio de Pandaria. Pero su sacrificio no fue en vano. El muro sigue en pie, aún en la actualidad.

SEXTA PARTE

Hace casi diez mil años, este bastón pasó a manos del último emperador de Pandaria. Tal vez os suene la historia, pero debéis entender que, antes de que el emperador Shaohao se convirtiese en una leyenda, era un joven pandaren inseguro, sin experiencia, que desconocía totalmente las responsabilidades que tendría que asumir.

El día de la coronación de Shaohao, un monje llamado Kun-Lai le ofreció a Sheilun como regalo. El novel emperador no sabía de su importancia. Ni siquiera se percató de que se lo traía un monje enviado por Xuen, el Tigre Blanco; pensaba que era un bonito adorno, sin más. Shaohao creía estar destinado a una vida fácil y cómoda. En Pandaria había reinado la paz durante generaciones. ¿Por qué iba a pensar que aquello cambiaría?

Un orador del agua jinyu tuvo una visión del futuro que hizo añicos la confianza de Shaohao: pronto, muy pronto, un ejército de demonios invadiría Azeroth y los daños serían catastróficos. Pandaria no sobreviviría a la devastación posterior.

Shaohao se quedó consternado. Pidió consejo a Yu'lon, el Dragón de Jade, que le dijo que no podría salvar a nadie si no tomaba las riendas de sus emociones, peligrosamente desbocadas.

Shaohao tenía que recorrer Pandaria en busca de la sabiduría que salvaría su reino. Y el bastón que Xuen le había regalado habría de acompañarlo. Este viaje cambiaría la suerte de Pandaria para siempre.

SÉPTIMA PARTE

Shaohao partió en compañía de su amigo, el juguetón e incorregible Rey Mono. Al poco de partir, se vieron sacudidos por un fuerte viento. El Rey Mono desapareció en la distancia, arrastrado por la corriente. Fue un suceso nunca visto por Shaohao, que pronto vio que apenas podía continuar.

La duda y la desesperación asomaron a la mente del emperador... para luego proyectarse al exterior, adoptando la forma de monstruosas criaturas. Cuando el Dragón de Jade le dijo que sus emociones eran peligrosas, se refería a los sha, sombras ancestrales de un dios antiguo caído. Los aterradores sha de la duda y de la desesperación plantaron cara a Shaohao. Para disiparlos, Shaohao tuvo que escuchar a Chi-Ji, la Grulla Roja, y liberarse de esas emociones y de su carga.

Continuó en busca de su camarada, siguiéndolo por todo el Espinazo del Dragón y adentrándose en la tierra de los mántides.

OCTAVA PARTE

Cuando Shaohao contempló la tierra de los mántides desde el Espinazo del Dragón, el miedo le heló la sangre. Entrar en aquel territorio era arriesgarse a una muerte casi segura. El sha del miedo lo dejó casi inmóvil, paralizando sus pensamientos. Niuzao, el Buey Negro, apareció para recordarle que el miedo solo le controlaba la mente, no los pies. Shaohao lo entendió, se liberó de sus temores y siguió caminando.

Finalmente, Shaohao salvó al Rey Mono de las garras de los mántides y volvió con él, ambos sanos y salvos. Desde ese momento, sin miedo, desesperación, ni dudas, Shaohao se supo preparado para afrontar el poderío de la Legión Ardiente.

Pero no tenía por qué hacerlo solo. Quería liderar un ejército, así que subió a lo alto de Kun-Lai... y fue entonces cuando se topó con el mismísimo Xuen.

NOVENA PARTE

El monasterio de Kun-Lai había cambiado con los años. Lo que antaño fuera el único refugio para mentes libres se había convertido en el campo de entrenamiento de los luchadores más entregados de la región. Eran almas que entrenaban para combatir a los mántides y al resto de enemigos de Pandaria.

Shaohao se acercó a ellos con aplomo y exigió que se sometiesen a su autoridad. Xuen vio que llevaba el regalo de su coronación: el bastón Sheilun. Pero vio también que lo había usado como mera ayuda para caminar. El Tigre Blanco también observó que el emperador se había liberado de muchas de sus emociones peligrosas... pero no de la ira. No, la ira que Shaohao sentía hacia la Legión lo hacía impulsivo e imprudente.

"¿Por qué luchas?", preguntó Xuen.

"¡Para destruir a las hordas de demonios! ¡Para aniquilar a quienes se oponen a mí!", declaró Shaohao.

Xuen le propuso un sencillo desafío: "Golpea a uno solo de estos monjes y tendrás autoridad sobre todos ellos". Shaohao aceptó. Lanzó golpes a diestro y siniestro con Sheilun, pero sin lograr asestar ni un solo golpe. Los monjes eran muy hábiles y lo esquivaban con facilidad.

La humillación y la ira de Shaohao fueron en aumento hasta acabar reventando. Una gran oscuridad lo envolvió y, en su absoluta furia, Shaohao partió Sheilun contra su rodilla y atacó con el poder del sha de la ira. Cuando volvió en sí, un monje yacía muerto, víctima de la agresión desmedida de Shaohao.

Xuen vio la aflicción del emperador por la muerte causada. En ese momento, Shaohao se arrodilló con humildad, aceptando su derrota y liberándose por siempre de la ira.

"De nuevo te pregunto: ¿por qué luchas?", repitió Xuen.

"Por el pueblo al que protejo. Por ellos daré hasta mi último aliento", respondió Shaohao.

Shaohao ya estaba listo para cumplir su destino. Tomó una mitad del bastón roto y volvió al Valle de la Flor Eterna dispuesto a salvar Pandaria.

DÉCIMA PARTE

La Legión había invadido el norte. Una gran batalla estaba teniendo lugar en el Pozo de la Eternidad. Y pronto, muy pronto, todo acabaría.

Shaohao volvió junto a su gente y trató de insuflarles seguridad, pero poco había que ofrecer. El Cataclismo era inminente y su devastación cambiaría para siempre la faz de Azeroth. No había forma de impedirlo.

Lo único que Shaohao podía hacer era proteger a los suyos de la aniquilación. Con Sheilun en ristre, Shaohao consagró su último aliento a proteger su tierra y a todos los que la habitaban. El bastón había salvado incontables vidas con anterioridad y, en un instante, salvó muchísimas más.

Libre de sus cargas y emociones negativas, Shaohao se fusionó con sus dominios. A través de Sheilun, su espíritu se transformó, rodeando Pandaria como una gran bruma.

Pandaria fue arrastrada, inmune al caos que se apoderaba del resto del mundo. El Cataclismo pasó de largo por sus parajes y, durante miles de años, la bruma siguió protegiendo Pandaria.

Pero, aunque Shaohao desapareció aquel día, Sheilun permaneció.

UNDÉCIMA PARTE

Sheilun fue hallado poco después del ascenso de Shaohao. Los monjes lo pusieron a buen recaudo en la Veranda de la Primavera Eterna, donde estuvo durante milenios.

Hace varias generaciones, un maestro tejedor de niebla escribió largo y tendido sobre su historia y significado.

"No fue Sheilun lo que animó a Shaohao a sacrificarse. No fue Sheilun lo que inspiró la revolución de Kang para liberar a su pueblo. No fue Sheilun lo que hizo aguantar el Espinazo del Dragón contra innumerables ciclos de mántides. Sin embargo, estuvo presente en todos esos acontecimientos, en poder de aquellos que actuaron. Es el compañero perfecto para quienes están dispuestos a sacrificarlo todo para salvar a otros. Y creo que aún no ha encontrado a su portador definitivo".

- Maestro Xunsu, tejedor de niebla de la Veranda de la Primavera Eterna.

Puños de los Cielos[editar | editar código]

Artículo principal:  [Al'burq] y  [Alra'ed]

PUÑOS DE LOS CIELOS

Lo último que Azeroth necesitaba, por si tuviera poco con todos los demás problemas, era sufrir otra invasión de elementales. Menos mal que acabaste con Typhinius rápidamente. Si nadie le hubiese puesto freno, una vez dominadas esas armas se habría vuelto imparable.

Pero ahora los Puños de los Cielos están en tus manos. Tienes un corazón equilibrado y buscas la armonía en todas las cosas. Quizás no haya otra criatura en Azeroth más capaz que tú de blandir este huracán de poder. PRIMERA PARTE

No hace mucho que Uldum se abrió al mundo y, por ello, muchos fragmentos de la historia tol'vir aún siguen siendo desconocidos. Con todo, la cosa va aclarándose: los Puños de los Cielos son una de las mejores armas creadas por su sociedad. Y también uno de los artefactos más peligrosos que el mundo haya visto.

Hay leyendas sobre un antiguo forjador de armas, un maestro sin igual entre los tol'vir. Se llamaba Irmaat. Todos los tol'vir supervivientes lo conocen como una de las mentes más excepcionales que hayan habitado Uldum... y también como una moraleja. Y es que Irmaat tuvo inspiración para crear obras increíbles, pero su orgullo resultó ser su perdición.

SEGUNDA PARTE

Los titanes crearon a los tol'vir para proteger ubicaciones clave a lo largo y ancho de Azeroth. En el transcurso de milenios, algunas de estas sucumbieron ante las fuerzas de la oscuridad, pero Uldum se mantuvo inexpugnable durante mucho, mucho tiempo. Irmaat, su forjador de armas, trabajaba incansablemente para armar a sus hermanos con el mejor material posible.

Para Irmaat, su trabajo no era simple labor: era su vocación. Veía sus manos como extensiones de la voluntad de los titanes, y su intención era nada menos que conferir a sus creaciones la capacidad de restablecer el orden en el caos reinante. Comenzó a dotar sus armas de magia, usando diferentes fuentes de poder como inspiración.

El poder del aire, en concreto, le suscitaba un interés especial. Observó secretamente el Muro Celeste, el reino del aire en el plano elemental, y estudió el modo en que sus criaturas vivían y luchaban. Irmaat forjó cuatro cimitarras que representaban a cuatro extraordinarios señores de los djinn. Y entonces, en un ritual que sobrecogió a los tol'vir por su audacia, Irmaat invocó a los cuatro señores para vincularlos a las armas. A partir de ese momento, el poder de estos perteneció a los tol'vir

TERCERA PARTE

Las cuatro cimitarras de Irmaat eran muy preciadas entre los guerreros tol'vir. Las historias sobre su poder corrieron como la pólvora, y llegaban mensajeros de otras avanzadas tol'vir implorando a Irmaat que crease más de esas maravillas.

Pero la satisfacción del forjador de armas no duró mucho. Su logro era asombroso, pero no perfecto. Irmaat había sido testigo directo del auténtico poder elemental del Muro Celeste. Incluso el poder capturado de los cuatro djinns era una ligera brisa comparado con el poderío de ese reino.

Irmaat comenzó a fabricar dos nuevas armas con todo mimo. Esta vez no eran cimitarras, sino instrumentos de menor tamaño, uno para cada mano. Los llamó Al'burq y Alra'ed, y quería que controlasen un poder que, por naturaleza, no admitía dominio alguno.

CUARTA PARTE

Cuando Irmaat acabó de forjar sus nuevas armas, afirmó que eran su mejor obra. Los Puños de los Cielos tendrían autoridad sobre el mismísimo viento. Ya solo restaba capturar el poder supremo contenido en el Muro Celeste: capturar al propio señor elemental Al'akir.

Irmaat comenzó el ritual lentamente; no quería que el Señor del Viento adivinase sus intenciones. Le costó semanas de preparación, pero, una vez listo, todo fue muy rápido. El forjador de armas lanzó su hechizo con intención de abrir un portal al Muro Celeste y vincular la esencia de Al'akir. Hubo un gran destello de luz y una potente ráfaga de aire y, cuando todo acabó, Irmaat sintió que sus armas, Al'burq y Alra'ed, vibraban henchidas de poder elemental.

Pensaba que había triunfado. Pensaba que había conseguido lo imposible. Y esa seguridad fue lo que acabó con su vida.

QUINTA PARTE

De entre todos los señores elementales, Al'akir era conocido por ser el más astuto. Cuando Irmaat capturó a cuatro de sus más preciados tenientes, el Señor del Viento se enfureció, pero vio clara la oportunidad de vengarse. Sospechaba que el orgullo de Irmaat lo alentaría a llegar aún más lejos.

Cuando concluyó el hechizo de Irmaat, el forjador sintió el poder de Al'akir agitándose. No era, sin embargo, el espíritu del señor elemental, sino una trampa de Al'akir. Cuando Irmaat alzó sus dos armas y probó el poder que contenían, desató una furia incontrolable.

El forjador de armas, su forja y varios edificios de Uldum fueron arrasados por el huracán de poder liberado. Las propias armas salieron despedidas a millas de distancia. Los infelices tol'vir que trataron de recuperarlas al principio no corrieron mejor suerte. Al'akir inutilizó así las mayores creaciones de Irmaat, henchidas de un poder tal que nadie podía ni plantearse el controlarlas.

Los tol'vir las guardaron cuidadosamente y las enterraron a gran profundidad. Durante milenios, nadie se atrevió a tocarlas ni a emular la imprudencia de Irmaat. La lección inculcada por Al'akir resultó tremendamente instructiva.

SEXTA PARTE

Lo sucedido durante el Cataclismo cambió Azeroth para siempre.

Uldum fue revelado al mundo. Los tol'vir que quedaron fueron atacados, y Al'akir y otros señores elementales sucumbieron a manos de los campeones de Azeroth.

Apenas hemos comenzado a percibir las secuelas de esos sucesos. Sabemos que la muerte de Al'akir dejó un vacío de poder entre los elementales de aire. Los subordinados supervivientes guerrearon entre ellos, peleando para hacerse con el liderazgo del Muro Celeste. Ninguno se alzó como vencedor indiscutible, pues ninguno era tan poderoso o astuto como lo había sido su antiguo líder.

Pero un djinn, Typhinius, percibió que aún quedaban vestigios del poder de Al'akir. Los Puños de los Cielos no permanecerían enterrados mucho más tiempo.

SÉPTIMA PARTE

Las brechas que aún conservaba el Muro Celeste permitieron a Typhinius marcharse sin levantar sospechas e ir en busca de algo que lo elevase por encima de los suyos. Se dejó guiar por sus sentidos y acabó en una zona vacía y anodina del desierto a las afueras de Uldum. Cavando en la arena, descubrió lo que los tol'vir habían enterrado: los Puños de los Cielos, la última creación de Irmaat.

Typhinius se dio cuenta de que, aunque Al'akir había muerto, el caos elemental de las armas seguía presente, solo que parecía ligeramente más estable que cuando el Señor del Viento estaba vivo. Aun así, la primera vez que el djinn empuñó las armas, la descarga de poder resultante casi acaba con él.

Lentamente y a escondidas, Typhinius aprendió a controlar la energía de su antiguo maestro.

OCTAVA PARTE

Cuando Typhinius volvió al Muro Celeste aferrado a los Puños de los Cielos, se dispuso a zanjar de inmediato la guerra civil existente entre los elementales. Y no fue simplemente su poder lo que logró someterlos; los elementales percibieron la esencia de su antiguo maestro en él, y eso los hizo obedecer.

Los hubo que se negaron, claro; otros djinns pensaron que podrían unirse para superar la fuerza que Typhinius había tomado prestada. Se sucedió una descomunal batalla que casi desgarró La Cumbre del Vórtice, y el tremendo enfrentamiento que tuvo lugar en el Templo de Asaad acabó con pérdidas terribles para ambos bandos.

Al final, Typhinius no fue el más astuto; simplemente, el más fuerte, y así fue como subyugó a sus enemigos. Arrojó a los espíritus de quienes le habían plantado cara a otros reinos elementales, dejados a su suerte, estos no podrían evitar ser destruidos de forma lenta y agónica por sus enemigos naturales.

Typhinius se declaró legítimo heredero de Al'akir y prometió acabar lo que el Señor del Viento había comenzado.

NOVENA PARTE

La guerra en el Muro Celeste había causado más daños de lo que Typhinius sospechaba. A los elementales de aire les costaría un tiempo recuperar fuerzas y prepararse para una buena ofensiva.

Pero esperar no entraba en los planes de Typhinius. En cuanto percibió que la Legión Ardiente invadía Azeroth, supo que los campeones mortales del mundo estarían preocupados, y comunicó a sus esbirros que, a su modo de ver, no encontrarían un mejor momento.

Así que los ataques sobre Uldum comenzaron casi de inmediato, y los Puños de los Cielos se encargaron de arrasar con cualquier atisbo de resistencia a su paso.

DÉCIMA PARTE

Pero el ataque de Typhinius a Uldum fue un grave error estratégico. Los efectos de la guerra civil aún se hacían sentir, y la capacidad bélica de los elementales de aire era todavía débil en comparación con lo que había sido tan solo unos meses atrás.

Su única ventaja eran las nuevas armas, Al'burq y Alra'ed, pero ni siquiera Typhinius dominaba todavía todo su potencial. Podía causar una carnicería, sí, pero consumía la mayor parte de sus reservas de energía intentando evitar que la furia de Al'akir contenida en su interior lo destripase vivo.

El orgullo de Typhinius fue la mejor baza de Azeroth. Su derroche de ambición atrajo la atención sobre él, lo cual dio lugar al descubrimiento de sus planes. Se embarcó en una guerra demasiado pronto, y ni siquiera sus poderosas armas fueron capaces de salvarlo.

UNDÉCIMA PARTE

La historia de estas armas está marcada por el orgullo. El poder que contienen solo puede dominarse con una mente equilibrada y un espíritu armonioso. Cualquier arrogancia, cualquier atisbo de soberbia, condenan a su portador a la ruina de forma irremisible.

Si de verdad has alcanzado la maestría como caminante del viento... los Puños de los Cielos acabarán teniendo un dueño que los convertirá en armas verdaderamente legendarias.

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