Libro de Sangre

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El Libro de Sangre es un libro que se encuentra en la Morada de las Sombras, en Dalaran. Contiene la historia de los artefactos de los pícaros.

Contenido[editar | editar código]

Introducción[editar | editar código]

LIBRO DE SANGRE

Rogue Crest.png

-Redactado por el archivista superior Filius Mostachispa-

Las matarreyes[editar | editar código]

Artículo principal:  [Angustia] y  [Pena]

LAS MATARREYES

Estas dagas son exquisitas como instrumentos mortíferos y como herramientas para el asesinato no tienen parangón. Siempre que las lleves encima, intentarán subyugar tu voluntad a la de su maestro, Kil'jaeden.

Quizás algún día puedas darle las gracias por ello en persona.

PRIMERA PARTE

Estas dagas se forjaron para derramar la sangre de héroes e inocentes. En manos de Garona Semiorco, cumplieron perfectamente con su cometido.

Angustia y Aflicción hicieron honor a su nombre. A lo largo de la historia acabaron con la vida de reyes, comandantes, soldados, magi, demonios e innumerables víctimas más. Si todo hubiera sido ligeramente distinto, podrían haber sido las armas que aseguraran la conquista de Azeroth por parte de la primera Horda.

La historia de estas dagas comienza en Draenor, poco después de que la Legión Ardiente hendiera sus garras en los clanes orcos.

SEGUNDA PARTE

Durante los primeros días de la Horda, Gul'dan tomó a Garona bajo su protección. Por su condición de mestiza, mitad orco y mitad draenei, la supervivencia de Garona fue muy difícil desde su nacimiento. Pronto aprendió a evitar las contiendas que no podía ganar y a matar en silencio a sus incansables perseguidores.

Gul'dan dominó su voluntad y comenzó a instruirla en secreto en el arte del asesinato. Ella no comprendía sus intenciones, pero acabó resentida por su crueldad. Aun así, obedecía. La supervivencia lo exigía.

Garona demostraba gran habilidad con casi todas las armas, pero Gul'dan no estaba satisfecho. Su influencia en la Horda aún era leve y asesinar a sus enemigos podría volverse en su contra si se llegaba a conocer la implicación de su Consejo de la Sombra.

Necesitaba unas armas que permitieran a Garona matar impunemente para él.

TERCERA PARTE

El primer Jefe de Guerra de la Horda tenía la solución para el problema de Gul'dan. Puño Negro y su clan, los Roca Negra, disponían de las mejores forjas de todos los orcos de Draenor. Gul'dan se aproximó a ellos y les preguntó cómo habían creado sus antepasados el legendario Martillo Maldito.

"Fue un regalo del corazón ígneo de Draenor", dijeron.

Eso no le sirvió. Gul'dan quería acabar con la veneración que los orcos tenían por los elementos y solicitar más armas a las furias de Draenor reforzaría esta veneración en lugar de debilitarla. Gul'dan buscó a Kil'jaeden e imploró ayuda a la Legión Ardiente.

Kil'jaeden comprendió el potencial de tener a un asesino encubierto al frente del Consejo de la Sombra. Dio a Gul'dan instrucciones estrictas... y el material necesario para crear dos de las armas más mortíferas de la historia de Draenor.

CUARTA PARTE

Al jefe de guerra Puño Negro le intrigaba la petición de Gul'dan. El brujo le había solicitado dos dagas fabricadas con un tipo misterioso de mena desconocida para los orcos, y las quería imbuidas con un poder que solo se pondría de manifiesto en el momento preciso. Puño Negro accedió a forjar las armas en su fundición.

Mientras Puño Negro templaba las hojas, sintió dentro de ellas una terrible y siniestra presencia de poder incalculable. No se trataba de ninguna furia elemental, sino del mismísimo odio de Kil'jaeden que se sumergía en las dagas.

Puño Negro percibía una agonía desbocada que emanaba de las armas. Las bautizó como Angustia y Aflicción, pues sabía que no estarían satisfechas mientras no bebieran la sangre de nuevas víctimas.

QUINTA PARTE

Gul'dan estaba encandilado con el poder de las dagas. No solo rezumaban con la presencia oscura de un señor de la Legión Ardiente, sino que también estaban imbuidas con los medios necesarios para controlar la voluntad de aquel que las empuñara.

Para probar el poder de las armas, Gul'dan se las entregó a Garona, a quien dio una orden sencilla. Ella obedeció al instante. Y un desdichado acólito del Consejo de la Sombra no tuvo oportunidad de defenderse antes de que le abriera la garganta de un tajo.

No fue una muerte dulce, pero sí rápida, silenciosa y eficaz. Cuando el orco exhaló su último aliento, la herida que acabó con él se volvió irregular. Resultaba imposible discernir si se le dio muerte con un cuchillo, un hacha o una lanza. Gul'dan comprendió las ventajas de esto al instante. Una muerte misteriosa serviría para sembrar la confusión e infundir sospechas allá donde quisiera.

Estas dagas le serían extremadamente útiles.

SEXTA PARTE

Cuando la Horda guerreaba contra los draenei, Gul'dan enviaba a Garona con cuidado y precisión. Todo orco influyente que expresaba desacuerdo o dudas aparecía muerto poco después en una refriega con las fuerzas draenei. Las heridas no parecían provenir de armas orcas, por lo que nunca sospecharon de Gul'dan.

Ni de Garona. Como "mestiza", pasaba desapercibida para la mayoría de los orcos y los que reparaban en ella solo veían a una sirviente bajo el yugo opresor de Gul'dan. Su labor silenciosa ayudó a la Horda a asegurarse la victoria contra los draenei. Después, sus hojas ayudaron a mantener el control al finalizar la guerra. La vida en Draenor se marchitaba por la presencia de la magia vil, pero las tensiones dentro de la Horda se mantenían bajo control.

Cuando no era así, Gul'dan daba la orden y Garona obedecía. Sus dagas no descansaban.

SÉPTIMA PARTE

Durante muchos años, Garona permaneció bajo la voluntad del Consejo de la Sombra. Los obedecía para sobrevivir, mataba en su nombre para aplacarlos. A menudo soñaba con utilizar las dagas para matar a sus amos, pero, al despertar, su mente hechizada enterraba aquellos pensamientos y se mantenía fiel.

Ese poder, por suerte, parece enterrado hace décadas en la Tumba de Sargeras, junto a Gul'dan. Y, como es lógico, nadie se alegra más que Garona al ver que estas dagas se cobran venganza contra la Legión Ardiente.

OCTAVA PARTE

Cuando la Horda invadió Azeroth, Gul'dan ordenó a Garona que encontrara y vigilara al hechicero Medivh. Con el tiempo, Garona se revelaría ante Khadgar y vería a los humanos como un medio potencial para escapar de Gul'dan.

Quizás hubiera abandonado las dagas de haber sabido que ayudaban al brujo a controlar sus acciones. La historia habría tomado un curso muy diferente. A pesar de sus esfuerzos por resistir, acabó sucumbiendo a la manipulación de Gul'dan para matar a Llane Wrynn, rey de Ventormenta.

Garona se ganó la etiqueta de traidora y se la obligó a regresar a la Horda con sus dagas.

NOVENA PARTE

La Horda no recibió a Garona con una bienvenida propia de héroes. El jefe de guerra Puño Negro había muerto a manos de Orgrim Martillo Maldito mediante mak'gora. Gul'dan estaba en coma y su Consejo de la Sombra había huido. Garona fue torturada para que informase sobre el paradero del Consejo de la Sombra.

Mientras la Horda trataba de acabar con la Alianza comandada por los humanos, Garona escapó. Sin más que estas armas y su instinto de supervivencia, emprendió una travesía por Azeroth en busca de una vida nueva.

Los desdichados rastreadores de la Horda que enviaron tras ella jamás tuvieron posibilidad alguna.

DÉCIMA PARTE

Finalmente, cuando Garona vivió los acontecimientos de la Segunda Guerra, empezó a comprender el poder que estas dagas ejercían sobre su voluntad. A pesar de la distancia, sentía cómo Gul'dan trataba de volver a subyugarla.

Se procuró la ayuda de un mago no-muerto llamado Meryl Tormenta Invernal, al que pidió que escondiera las hojas donde nadie pudiera alcanzarlas. Garona quiso asegurarse de que nadie más cayera ante ellas y que ninguna otra mente fuese sometida a los tejemanejes de Gul'dan.

Las dagas permanecieron enterradas durante décadas.

UNDÉCIMA PARTE

La historia de estas armas no es gloriosa. Jamás se alzaron con ninguna victoria honorable. Se crearon para provocar sufrimiento y han causado daños indescriptibles tanto en Draenor como en Azeroth.

Respeta su poder. Nunca olvides a los inocentes que han perdido sus vidas ante ellas.

Haz que la Legión Ardiente pague por cada gota de sangre que su portadora se vio obligada a derramar.

Las Hojas Pérfidas[editar | editar código]

Artículo principal:  [Destino] y  [Fortuna]

LAS HOJAS PÉRFIDAS

Como ya habrás adivinado, estos alfanjes no se forjaron en Azeroth. Ten mucho cuidado con ellos. Fueron diseñados para subyugar a las mentes débiles y codiciosas. Aunque su señor fue enviado de nuevo a El Vacío Abisal, podría intentar regresar para dominarte en el futuro. Permanece alerta.

PRIMERA PARTE

Al principio, los bucaneros Velasangre no tenían ni la más remota idea de que estaban entrometiéndose con la Legión Ardiente. Después, parece que creían habían arrebatado poder prohibido a los demonios en sus propias narices. Pero si creían que no habría consecuencias por semejante "obsequio", estaban terriblemente equivocados.

No fue casualidad que estas armas cayeran en manos de la almirante Hojasanguina. Todo fue concienzudamente planeado y ejecutado por un comandante de la Legión Ardiente que contaba con amplia experiencia corrompiendo a necios y volviéndolos en contra de sus propios mundos.

El destino de esos alfanjes era hacer lo propio aquí, en Azeroth.

SEGUNDA PARTE

El eredar que creó estos alfanjes se llama Talgath. Resulta imposible dilucidar con certeza cuándo comenzó a estudiar Azeroth y a sus habitantes, pero desde luego no es casualidad que fabricara un par de armas que captaran la atención de una almirante pirata.

El papel de Talgath en la Legión Ardiente es ayudar a Kil'jaeden a corromper a los nativos de los diferentes mundos. Ha destruido innumerables civilizaciones y sabe cómo tentar el corazón de los mortales. En ocasiones descubre campeones heroicos que sucumben a su tentación, pero más frecuentemente encuentra a sus presas en las periferias de los mundos.

TERCERA PARTE

Talgath descubrió un método efectivo de corrupción: encontrar a los codiciosos, los egoístas y los despiadados... y hacerlos competir por el poder. No solo averiguaría quiénes eran los más fuertes, sino que los "ganadores" se esforzarían tanto para obtener el premio que no se plantearían su verdadero precio hasta que fuese demasiado tarde.

Los piratas de Azeroth le parecieron vulnerables a esta táctica de inmediato. Se atacaban unos a otros en busca de tesoros, sin preocuparse por los riesgos que corrían.

La decisión de crear un par de alfanjes livianos, las armas más populares en alta mar, significaba que Talgath comprendía la idoneidad de los piratas para sucumbir a la corrupción de la Legión Ardiente.

CUARTA PARTE

Azeroth vio estas armas por primera vez hace algunas décadas. Varios navíos de la Alianza informaron de que habían huido de una banda de piratas cuyo líder portaba unas hojas brillantes que rezumaban humo negro. La flota de la Alianza había empezado a sufrir el asedio de una nueva y reforjada tripulación pirata que no dejaba supervivientes cuando abordaba un barco.

El gran almirante Daelin Valiente comandó la persecución de estos bandidos y, tras semanas en el mar, su pequeña flota acorraló a su barco a pocas millas de las costas de los Reinos del Este. Los piratas parecían poseídos y despojados de casi toda humanidad, pero, tras una tromba coordinada de cañonazos, Valiente consiguió hundir el barco maldito, El Pionero.

El almirante partió, seguro de haberlos matado a todos. A decir verdad, hubo uno que sobrevivió.

QUINTA PARTE

El único superviviente del hundimiento de El Pionero fue un muchacho, un joven pirata que había sido testigo de excepción de la corrupción y la locura de su tripulación. Se enroló con ellos en busca de fortuna, por lo que sufrió una experiencia verdaderamente traumática al ver sucumbir a su capitán y a sus camaradas ante una sed de sangre incontrolable.

Sintió el impulso de recuperar los alfanjes de entre los restos del naufragio, pero cuando escuchó sus susurros en su mente, tuvo la sensatez suficiente para resistirse. Recogió las armas y el resto del tesoro, y los llevó a la antigua guarida de su tripulación, donde los dejó bien enterrados en una isla remota. Pensaba que las riquezas estaban malditas y, por tanto, las abandonó allí.

Las armas permanecieron enterradas durante años.

SEXTA PARTE

Fue necesaria la agitación del Cataclismo para que los alfanjes volvieran a ver la luz. Un barco que transportaba a unos bucaneros Velasangre, una pequeña pero peligrosa tripulación pirata, se cobijó en unas diminutas islas cuando el mar empezó a embravecerse. Tras las primeras acometidas elementales, su líder, la almirante Eliza Hojasanguina, vio que las olas habían desenterrado algo que se ocultaba bajo la arena.

Al observarlo con atención, descubrieron un alijo de oro, joyas y armas antiguas. Se trataba de los restos de El Pionero, bienes que nadie echaba de menos.

Los bucaneros se lo llevaron todo con gran algarabía. La almirante Hojasanguina se quedó con un par de alfanjes relucientes: las únicas armas que no estaban oxidadas ni estropeadas por el paso del tiempo. Lamentablemente, esta decisión condujo a su tripulación a la ruina.

SÉPTIMA PARTE

Tras hacerse con estos alfanjes, Hojasanguina tuvo una revelación. Se vio a sí misma al frente de una flota pirata inconmensurable, capaz de conquistar los mares y todas las naciones de Azeroth. Todos los barcos que osaban hacerles frente ardían y todas las ciudades entregaban sus tesoros o eran arrasadas.

Aquella fue una visión tan embriagadora que la dejó ebria de delirios de grandeza. Al despertar, ordenó a sus hombres poner rumbo hacia la guarida de unos piratas enemigos. Los bucaneros Velasangre corruptos masacraron a todas las desdichadas almas que encontraron.

El botín era lo de menos, pues fue la matanza lo que más los satisfizo. Aquellas armas habían echado raíces en sus mentes y ya no tenían escapatoria.

OCTAVA PARTE

Los bucaneros de Hojasanguina se convirtieron en una amenaza mortal e invisible en los Mares del Sur. El señor de estas armas, Talgath, había comprobado lo desventajoso que resultaba llamar demasiado la atención, por lo que indujo a la almirante Hojasanguina a atacar únicamente a navíos aislados y a asegurarse de que no pudieran escapar.

Durante varios años, la tripulación pirata hizo exactamente lo que se le ordenó. Asesinaban sin piedad y el poder de sus alfanjes crecía cada vez más. Cuando los demás bucaneros Velasangre fueron conscientes de la profunda locura en la que había caído esa tripulación, trataron de intervenir. Pero los piratas de Hojasanguina sobrevivieron al contraataque y se las apañaron para robar el navío más preciado de los bucaneros Velasangre, El Velo Carmesí.

Al poco tiempo, algunos miembros de la tripulación empezaron a cambiar. Sus cuerpos se marchitaron y desvanecieron. Solo quedaron sus esqueletos.

A la almirante Hojasanguina no le importó. Los alfanjes tenían sed de sangre y, ahora, ella también.

NOVENA PARTE

Poco antes de la última llegada de la Legión, la almirante Hojasanguina descubrió finalmente el verdadero poder que albergaban sus armas. Talgath se reveló ante ella y le dijo que tan solo había saboreado una ínfima parte de la fuerza de la Legión Ardiente. Le aseguró que si ayudaba a los demonios en la guerra venidera, conseguiría la inmortalidad y descubriría el auténtico alcance de la Legión.

La almirante accedió de inmediato. Hizo un pacto con Talgath y le entregó las almas de toda su tripulación.

Ya disfrutaba de ser el terror invisible de los mares. La posibilidad de asolar un mundo le consumía la mente.

DÉCIMA PARTE

Cuando atacó la Legión, también lo hizo la almirante Hojasanguina. Ahora parece claro que su tripulación destrozó varios convoyes de refuerzo, tanto de la Horda como de la Alianza, antes de que pudieran llegar a las Islas Abruptas.

Es una suerte que el almirante de la flota Tethys, verdadero líder de los bucaneros Velasangre, buscara ayuda. Si nadie se hubiera encargado de Hojasanguina, el daño que habría sido capaz de infligir a los enemigos de la Legión sería incalculable.

Al menos, esa amenaza ya es historia.

UNDÉCIMA PARTE

Talgath, amo de las Hojas, fue derrotado. Su espíritu está de nuevo en El Vacío Abisal, desde donde espera regresar.

El control que mantenía sobre los alfanjes se ha desvanecido. La locura y la sed de sangre que había infundido en ellos languidece, pero esto no significa que no trate de recuperar las Hojas en el futuro.

Aunque tal vez no. A fin de cuentas, tiene motivos más que suficientes para temer a la criatura que las posee ahora.

Colmillos del Devorador[editar | editar código]

Artículo principal:  [Mandisangre] y  [Voluntad de Akaari]

COLMILLOS DEL DEVORADOR

Extrema la precaución con estas dagas, Akaari, la asesina que mataste, pagó un terrible precio por blandirlas. Su historia está llena de asesinatos secretos y silenciosos en innumerables mundos, pero nunca nadie en posesión de su libre albedrío las ha empuñado antes.

Superarás a muchos de los asesinos más peligrosos del universo. Ve con cuidado.

PRIMERA PARTE

Puede que estas dagas hayan pasado por las manos de un maestro forjador de armas, pero su peligro no nació de sus manos. No. Estos son colmillos, antiguos pero bien conservados, extraídos de las fauces de un can manáfago muerto. Esta criatura fue más peligrosa que cualquier otra similar conocida. De hecho, parece que este ejemplar en concreto fue la mascota del gran enemigo, Sargeras.

Debió de querer mucho, a su manera, a este can. Esculpió su poder e imbuyó sus afilados colmillos con tal energía de las sombras que habrían podido perforar la propia realidad. ¿Cuántos inocentes habrán muerto aterrorizados por estos colmillos? Quizás no lo sepamos nunca.

Lo que sí se sabe es el nombre del cánido. Sargeras lo llamó Buchegore el Devorador.

SEGUNDA PARTE

Cuando la Legión invadía un mundo, Buchegore iba con ellos para despedazar a los soldados enemigos. Entre batallas, los cuidadores eredar del can manáfago recogían la energía de las sombras de sus colmillos para crear poderosas armas y componentes.

A Buchegore le llegó su fin en un mundo insignificante. Este mundo ya había sido apaciguado, sus líderes corrompidos y sus héroes asesinados. Pero un niño, encolerizado ante la muerte de su mundo, entró sigilosamente en la fortaleza de la Legión y mató a varios guardias eredar y a Buchegore mientras estos descansaban. A Sargeras lo consumió la ira cuando vio a su can muerto. Aquel mundo y todos sus habitantes fueron reducidos a cenizas en la Gran Oscuridad. Puede que una muerte tan rápida fuera incluso piadosa para ellos.

No obstante, a pesar de su muerte, Buchegore seguiría siendo útil para la Legión

TERCERA PARTE

Mephistroth, un señor del terror, creyó que Buchegore podría seguir sirviendo a la Legión. Extrajo los colmillos del can manáfago y los llevó a una gran forja demoníaca en Argus, mundo natal de los eredar. La conservación de las energías oscuras de los colmillos no era tarea fácil. Mephistroth no se arriesgó a llevarla a cabo él mismo. Por suerte para él, sus subordinados ansiaban notoriedad, incluso a costa de correr grandes riesgos. Pero el poder perverso de los colmillos a menudo resultaba demasiado peligroso. Cuando perforaba sus mentes y les infligía una agonía indescriptible, el señor del terror se deshacía de ellos, los entregaba a la forja demoníaca y buscaba a otros sirvientes que los sustituyeran.

Este trabajo terminó por dar sus frutos. Los colmillos quedaron afilados con un filo inquebrantable y sus poderes de las sombras se conservaron para siempre.

Mephistroth había creado dos de las armas más mortíferas que el universo hubiera conocido. Estas dagas podían retorcer el aire y combar la luz, por lo que sus portadores podían permanecer ocultos sin esfuerzo. Entregó las dagas a Sargeras, quien mostró gran satisfacción. Buchegore había sido terrorífico en el campo de batalla, pero en manos de un asesino experto sus colmillos se convertirían en el terror de las sombras.

CUARTA PARTE

A Sargeras le llevó cierto tiempo encontrar a un digno portador de los Colmillos del Devorador. La lealtad resultaba problemática. Los asesinos expertos son taimados por naturaleza y bastante dados a la traición. Sargeras no soportaba la idea de que el legado de Buchegore cayese en manos de los enemigos de la Legión.

Sin duda, el uso de estas armas contra la Legión constituiría una afrenta personal hacia su señor.

QUINTA PARTE

Sargeras encontró finalmente al portador idóneo de las dagas para la batalla. Una rastreadora eredar llamada Akaari había destacado en varias invasiones de la Legión, se encargaba de liquidar en silencio a los que sospechaban que las promesas de los demonios solo traerían perdición.

Fue llamada a Argus, donde le explicaron el gran honor que se le ofrecía. Sargeras prometió a Akaari que se convertiría en un instrumento de muerte temible, en una de las criaturas más mortíferas de todos los mundos conocidos. Pero, ¿a qué precio? Akaari tendría que renunciar a su voluntad. Para llegar a convertirse en esta arma viviente, la traición no podía ser una opción.

Era una propuesta nefasta, pero Akaari aceptó.

SEXTA PARTE

Existen lugares sombríos bajo la superficie de Argus. En estas cámaras secretas se forjan armas y se quiebran voluntades. Akaari pasó allí siglos, mientras su esencia tomaba forma y se entrelazaba con el poder de las dagas. Las almas de otros asesinos eredar se sacrificaron con el fin de ligarlas a la suya y otorgarle así la experiencia de cientos de vidas y miles de muertes.

Al igual que Buchegore, Akaari sufrió una transformación. Emergió de aquellas cámaras como un impío ensamblaje de muerte, absolutamente a merced de Sargeras. Él sabía que las dagas estarían a salvo en las manos de Akaari, ya que estas eran una extensión de su voluntad.

En aquellas manos, las dagas supondrían la ruina de todo aquel que se opusiera a la Legión Ardiente.

SÉPTIMA PARTE

Sargeras se fijó en un pequeño mundo militarizado. Sus habitantes habrían resistido con fuerza contra una invasión de la Legión. Aunque sin duda terminarían por caer ante una acometida directa. Sargeras pensó que podrían ser vulnerables al miedo y a la paranoia. Este mundo supuso la primera misión de Akaari tras recibir sus nuevos poderes. Sería una prueba. Se infiltró sola en sus fortalezas.

Al cabo de un mes, el mundo estaba sumido en el caos. Por todos los rincones se escuchaban historias sobre un asesino que nadie había visto. Mientras héroes y líderes morían en silencio, los guerreros del mundo se dividían en facciones que se culpaban mutuamente por los asesinatos de Akaari.

Cuando el poderío de la Legión salió a la luz, el mundo se rindió a sus pies. Una eternidad de servidumbre parecía mejor que vivir bajo el constante temor del ataque de las dagas desde las sombras.

Akaari había superado la prueba de forma pasmosa. Se integró de nuevo en las filas de la Legión para reforzarlas desde dentro.

OCTAVA PARTE

Akaari demostró ser una aliada imprescindible. Sus armas le permitían jugar con reyes y demás líderes como si fuesen juguetes. Además de eliminar a quien quisiera, podía adoptar su apariencia para hacerse pasar por él a la perfección.

Un mundo no cae ante un único asesino, pero sí que cae más rápidamente. Atravesar el corazón de la persona adecuada con una daga puede suponer la victoria en una batalla o el derrocamiento de un reino. Resulta más fácil destruir a un ejército preso del pánico por la pérdida de su líder que a una fuerza leal y decidida.

La Legión ya tenía amplia experiencia a la hora de corromper mentes débiles y corazones mortales. Akaari era el arma infalible de los demonios. Cuando alguien mostraba la fuerza o la determinación suficientes para resistir la tentación, las hojas de Akaari hacían el resto.

NOVENA PARTE

Sí, Akaari era un importante recurso para Sargeras, fiel e incondicional, pero, aun sin voluntad, conservaba su astucia. Solicitó a Sargeras que le permitiera recorrer El Vacío Abisal durante un tiempo. Él accedió, intrigado por ver qué aportaría a los objetivos de la Legión Ardiente.

Akaari pasó un tiempo entre los ejércitos de Sargeras, erradicaba a los descontentos y eliminaba a los demonios demasiado ambiciosos. Se convirtió en una experta en el arte del interrogatorio, capaz de infligir dolor y sufrimientos inenarrables a toda criatura capaz de gritar. Levantó una ciudadela en un mundo asolado para recluir a los prisioneros y sacarles información.

Con el tiempo, sus actos generaron descontento entre la Legión. Los demonios sentían la constante amenaza de sus dagas y el temor que les infundía inspiraba deseos de deserción.

DÉCIMA PARTE

Cuando el resto de la Legión descubrió la ubicación de la ciudadela de Akaari, ella la abandonó con grandes alardes. Se había convertido en algo inútil, un símbolo sin valor, pero había cumplido con su cometido. Akaari regresó a la ciudadela más adelante, en secreto, con el único objetivo de prepararse para invasiones particularmente duras o para interrogar a prisioneros de gran importancia.

Volvió junto a Sargeras con nuevas habilidades y una nueva filosofía: el miedo era un arma de doble filo. Útil, pero no siempre la opción adecuada. Un asesino invisible inspiraba terror, sí, pero un asesino desconocido inspiraba complacencia. Un enemigo no podía prepararse para hacer frente a una amenaza que no parecía existir.

Akaari se dedicó a convertirse realmente invisible. Una asesina silenciosa. Su trabajo continuó.

Más tarde, sus días acabaron en la fortaleza más segura. Seguramente, no fue el final que ella imaginaba.

UNDÉCIMA PARTE

Quizás no sepamos nunca qué llevó a Akaari a sacrificar su libre albedrío en beneficio de Sargeras, pero no cabe duda de que su servicio fue eficaz.

Dominaba la naturaleza del miedo y supo infundirlo en el corazón de sus víctimas. Si se enfrentaba a alguien que no sentía temor, lo eliminaba con maestría. Cuando el terror se tornaba contraproducente, aprendió a matar sin ser vista.

Hubo un tiempo en que la Legión Ardiente empleaba estas lecciones. Ahora pertenecen a sus enemigos.

Solo con el tiempo se conocerá la respuesta de Sargeras.

Véase también[editar | editar código]

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